Marcos corre y le corre la helada transpiración del miedo
por todo el cuerpo. Hace rato que anda echando moco. Con su familia a la que ya
no le da bola y con sus amigos a quienes ha comenzado a robarles y a sacarles
plata prestada con mentiras y artilugios demasiado simples.
Era un pibe bueno, laburador y andaba medio al pedo. Le
gustaba el Metal y quería comprarse un cuatriciclo.
Había cobrado hace poco un juicio laboral , pero la suerte que es
yeta, le metió varios lecores en el
medio y entre pitos, flautasuna noche cualquiera hundió la nariz en en plato y se empezó a quemar la guita,. En el barrio un dealer te armaba unos ravioles de diez pesos en lecor.
Calculo que habrán tenido aspirina con vidrio molido, pero a palabra de los que
tomaban, pegaba bien.
Marcos se encontró un día que le quedaban solo con cinco lecores. Nadie en varia
ciudades a la redonda le armaría un raviol de cinco pesos, menos en lecores.
Ideó entonces un plan brillante: Tenía
un cacho de cartulina (de esos estaban hecho los lecores) y lo recortó
minuciosamente del mismo tamaño que el lecor. Raudamente partió a la casa del
dealer.
“Uno de diez lecor” dijo con los ojos desorbitados y una cara
de mentiroso que volteaba paredes. La adrenalina se le olía de cuatro cuadras a
la distancia. El dealer, en principio
acostumbrado a reibir sacaditos y particularmente acostumbrado a la cara de
paranoico de Marcos no sospechó. Cuando terminó la transacción, no tardó
ni tres en darse cuenta del timo: “¡Hijo de Puta!” Peló el chumbo y le
empezó a tirar. Marcos ya había empezado a correr y sintió el zumbido de las
balas muy cerca de la cabeza. El dealer no lo corrió mas porque como todos los
dealer sabe que es mejor perder cinco pesos que armar bardo y que caiga la
cana.
Marcos llegó a su casa. Se relajó y se tomó el papel. Ahora se acababa de sumar otro problema a su
vida: por ciertas partes del barrio, no podía aparecer, ya no tenía mas
dealer que le vendiera en lecor, y pocos amigos le guardaban la confianza de antaño

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