Los dragones chocan (crónicas de una juventud metalera en un barrio cuartertero V)



Los acercamientos siempre fueron violentos.
“Eh cheto: ¡te vamo  a mata!”
Los pibes del pasaje estaban quemadísimos: andaban de pungas  y aspiraban fana a la noche. Y en ese estado se nos acercaban. Juro que una noche de invierno le vi los ojos de color amarillo a uno de ellos, como si la fana le hubiera invadido corpóreamente  el organismo.
Chicos de 12, 13, 14 o 15 años. Sonámbulos que se te aparecían, te rodeaban y cuando el infarto campeaba, uno de ellos se arremangaba, te mostraba veinte relojes prolijamente colocados a lo largo de todo un brazo  y te decía “¿Queré comprar uno?” lo único que queríamos era salir corriendo, pero con decir “no tengo guita” alcanzaba. Nunca nos peleamos. Nunca las agresiones pasaron de lo verbal. Nunca le vimos un arma a ninguno de ellos. Pero algunos de nosotros se morían de tirarles una granada o algo parecido “te juro que me compraría una metra y me iría al pasaje, no queda uno”  
No se compró una metra pero se hizo yuta.
Nosotros también estábamos quemadísimos. Varios se estaban empezando a pasar de merca y el que no tenía laburo estaba a punto de perderlo. Y alguno que otro había salido de caño para parar la olla (otro jueves se contará esta historia)

Los pibes del pasaje no tenían futuro y hasta donde pude seguir sabiendo, no lo tuvieron. Muchos de mostros tampoco. Varios de nosotros hacían (hacen) lo imposible para no tenerlo y seguir de caravana.
Las diferencias además de la forma de vestirnos, de la música que escuchábamos y la forma de hablar, no eran muchas. Estábamos en el mismo lodo.

Una fría noche estábamos tomando birra en la vereda de la casa de Andrés. La casa de Andrés estaba en "La frontera" al frente empezaba el Pasaje y al frente se juntaban los pibes a jalar. cuando nos vieron a todos juntos,  se vinieron en banda cantando "muerte a los chetos, muerte a los chetos"
Todas las hipótesis de conflicto se anularon en un segundo. La pelea no sucedió. La puteada no fue emitida. El chumbo no apareció. El robo no fue perpetrado. ¿Éramos paranoicos? No. Solo fue  mirarnos y casi sin darnos cuenta, reconocernos en las miserias compartidas. Por una fracción de segundo cruzamos las miradas y la tensión cedió a la palabra. Una pregunta pelotuda saldo todo el problema “¿tan tomando birra?” tan obvia que no se necesito mas. La conversación que siguió es tan vaga que ni me la acuerdo. Pero lo inolvidable es la tensión, la adrenalina, la mierda y el miedo de que esos pibes “nos hagan algo” en nuestras vidas vacías lo peor que nos podía suceder es que alguien nos hiciera algo….

Este fue el primer encuentro entre los metaleros y los cuarteteros. Entre la gente “del palo” y “los otros” la fría letra no me alcanza para contarles el cagazo que teníamos. Como siempre decimos, otro jueves se contaran estas historias.

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